por
Alejandro Marzioni

Soneto del Desasosiego es muchas cosas: un homenaje a Fernando Pessoa, el resultado de cientos de veladas de insomnio, mis inquietudes, las inquietudes de muchos otros, metafísica, tristeza, música, pensamiento, cuerpo, poesía. Pero literalmente, es decir, ordinariamente, es un libro de sonetos.
¿Y qué es un soneto?
Un soneto es un tigre hermoso adentro de una jaula de catorce apuestas rejas.
Toda la maestría de esta composición consiste en lograr que esta fiera, salvajemente natural y de corazón libre, pueda ser domada en un sólo instante y exhibirla para siempre adentro de su jaula.
El soneto, pues, consiste en el arte de un domador que consigue dominar a su fiera.
Luego de haberse cometido esta hazaña, hasta los niños tendrán la oportunidad de acercarse a los rugidos para ver desde muy cerca los colmillos del felino esbelto.
Lo importante es que adentro de la jaula quede el tigre, pero no el poeta.
Hay poetas que no pueden con el tigre y terminan encerrándose ellos mismos bajo catorce vueltas de llave para ponerse a salvo del peligro. A todos nos fascina acercarnos a una jaula para ver de cerca un tigre, pero a nadie le interesa ver allí adentro a un torpe sonetista que no puede evitar menudencias tales como por ejemplo que la rima, uña larga del soneto, decida lo que se debe decir y lo deje con la cara llena de marcas, cuadro poco agradable para la vista de cualquiera.
Al contrario, si lo que vemos detrás de los barrotes son los ojos hermosos de la indócil fiera, podremos afirmar sin duda alguna que la fiera es el arte, los barrotes el estilo que lo ha capturado y nosotros, finalmente, los lectores que hemos visto aquél prodigio frente a frente.
Esto es, para mí, un soneto.
En estos tiempos insípidos, deslucidamente nihilistas, en estos tiempos de libertades mal aprovechadas en donde la furia iconoclasta es un lugar común, muchas fieras andan sueltas pero pronto huyen, aburridas, de la insalubre carne de sus presas. Tan carente de sangre viva es esta era, así de triste y decadente todo.
Alguna que otra vez surge el prodigio, y hay algún poeta, pero por lo general no nos muestra más que algunos rugidos o algunas huellas dispersas de la fiera en fuga, huellas mezcladas con el polvo y los desechos, las más de las veces huellas perdidas entre una maleza que se cree rebelde por despeinada.
Me alegro si, tal como podría decir un bien entendido, he cometido la originalidad de escribir un libro de sonetos.
En medio de tanta huella dispersa entre la maleza, en medio de tanto insípido rugido, he querido mostrar a la fiera misma, a la fiera entera, pero para eso tuve que capturarla y exhibirla en una jaula de catorce rejas.
El arte es el prodigio de dar forma concreta a lo intangible, de darle un cuerpo a lo que no tiene materia. El arte es espíritu capturado en una forma.
La poesía, madre del arte, es una música.
El soneto es una forma que tiene como fin una música, de modo que renegar del soneto es renegar de los componentes mismos de la creación artística.
Ojala haya podido enjaular alguna de esas fieras y que el lector pueda olvidarse de mí y de mi trabajo para dedicarse a verla.
En todo caso, me atengo a algo que dijo un hombre que, desde su reino de los sueños, escribió este libro junto a mí: el libro escrito es malo, pero peor es el que no se escribe nunca.
En cuanto a Bernardo Soares, solamente diré una cosa. Mi pieza favorita de Bach es Larga ma non tanto. En esa pieza hay dos violines que, emergiendo de la misma nota, forman cada uno su espiral, y hay momentos en que ambos se funden en una sola línea. Mientras escribía estos sonetos quería que el alma de Soares y la mía hicieran lo mismo que estos dos violines.
Ginebra, invierno del 2007.